¿Son útiles los talleres literarios?

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Daniel GigenaLA NACION

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Daniel Gigena

MARTES 03 DE ENERO DE 2017 • 21:16

Fui a un taller literario en los años ochenta, pocos meses después de que empezara el gobierno de Raúl Alfonsín, en un centro cultural de la ciudad situado en un barrio de torres del otro lado de la avenida General Paz. Yo vivía del lado de provincia y con un amigo cruzábamos las vías del tren, un puente peatonal sobre la avenida y un conjunto de comercios en semicírculo hasta llegar a la escuela pública donde, durante el atardecer, se daban los talleres. Él hacía teatro y yo iba al taller literario.

Dar era el verbo indicado, porque los talleres eran gratuitos, con profesores generosos y amables. El nuestro estaba a cargo de una profesora entusiasta. El entusiasmo era un sentimiento generalizado en esos años; mis compañeros, de distintas edades y profesiones, también estaban, como yo, entusiasmados por la perspectiva social y personal. El paso del tiempo mitigaría, a su modo, esa euforia.

“Hice taller con Mónica Sifrim durante siete años -cuenta Cristian Godoy, autor del libro de cuentos Ruidos molestos-. Tuve una profesora poeta, a pesar de que yo sólo escribo narrativa. Mónica es una gran lectora, el taller se hacía en su casa, a la vista de una biblioteca inmensa. Siempre me prestaba libros, algunos inconseguibles, y me hizo conocer a un montón de autores valiosos. A diferencia de otros talleres, cada uno de mis compañeros escribía con un estilo completamente distinto, a veces ni siquiera compartíamos el género. Creo que eso es muy importante a la hora de elegir un taller, que el profesor sepa acompañarte pero sin imponerte una manera de escribir.”

El universo de los talleres literarios
El universo de los talleres literarios. Foto: Archivo

Mi profesora de taller se llamaba Viviana. No supe si con los años publicó libros porque sólo recuerdo el nombre de pila. En ese momento, la idea de conocer en persona al autor o la autora de un libro estaba lejos de mi imaginación. Sólo los conocía por los libros que leía, por las notas en suplementos culturales y por las anécdotas que ella, ocasionalmente, contaba.

Cecilia Pavón, poeta y narradora, da talleres de escritura en su casa hace diez años. “Siempre los di en el living y siempre tuvieron la misma modalidad: una ronda de gente muy diversa que se reúne a comentar textos propios y de otros guiados sobre todo por el deseo. ¿El deseo de qué? Es difícil definirlo porque nadie sabe muy bien qué se desea cuando se escribe un poema o un texto literario. Y eso quizás sea lo más productivo de los talleres, no saber muy bien qué lo mueve a uno a estar ahí. En esas dos horas o tres que duran los encuentros, intento que la gente (y yo misma también) se enfrente a lo inesperado, que encuentren en los textos que leen y escriben ese elemento sorprendente que no está en ninguna otra parte más que en la literatura.”

Sin embargo, la autora de Un hotel con mi nombre, entre otros títulos, no cree que sea necesario asistir a un taller literario para escribir ni que la creatividad se pueda enseñar. “Me parece los talleres son espacios de encuentro donde las ideas se transmiten de forma horizontal y más bien caótica, algo que es más difícil que suceda en un marco académico -dice-. Lo que más interesante me ha resultado del ejercicio de dar talleres durante estos años ha sido observar cómo los participantes se conectan entre sí y se contagian y cómo las influencias empiezan a darse de forma inédita. En ese sentido, un taller me parece un lugar de creación colectiva e individual al mismo tiempo.”

En ese taller al que iba, de dos horas, hacíamos ejercicios de escritura, leíamos, comentábamos; luego escribíamos en casa, mejorábamos un texto, lo corregíamos con las herramientas que la profesora nos había dado. Los participantes éramos, en general, críticos benignos de nuestros compañeros. Me contaron que otras personas prohíben terminantemente la benevolencia en sus talleres, pero ése no me fue mi caso.

Tomás Downey, ganador del concurso del Fondo Nacional de las Artes en 2013 con Acá el tiempo es otra cosa, es claro sobre la importancia que el taller tuvo para él. “Si no lo hubiera hecho, quizás habría abandonado o seguiría corrigiendo mi primer libro”, dice. El narrador y guionista ya no asiste a talleres pero se reúne con otros escritores amigos, como Mariana Komiseroff, para leer y corregir en equipo.

“Mi experiencia en los talleres literarios fue muy enriquecedora -dice Mariana Blousson, autora del libro de cuentos La ironía de la venganza-. Aprendí mucho. Todos tuvieron en común la dinámica de trabajo: escribir en casa y leer en voz alta en clase. Las correcciones las hacen el profesor y los compañeros, aportando ideas, marcando errores que ayudan a mejorar. También hice un taller individual donde me enseñaron técnicas de escritura. Fue una muy buena experiencia porque se trabaja con un solo texto, el propio. En todos los casos, hice nuevos amigos con los que pude compartir mi gusto por la literatura y el oficio de escritor.”

Acheli Panza, la autora de los relatos de Santoral, hizo taller literario con Damián Ríos, poeta y editor. “La entrega por semana me sirvió mucho al principio para poder pensar y progresar a modo de monedero -cuenta-. Otro de los motivos fue la circulación entre mis compañeros, estuve cinco años en el taller y durante ese tiempo pude disfrutar de la escritura de muchos y muy buenos escritores, observar procesos de construcción y hacerme amigos entrañables, que este año que no hice taller fue lo que más extrañé.” Como la escritura es una actividad solitaria, encontrar un espacio para compartir esa pasión siempre enriquece.

En tiempos recientes, durante los primeros meses del año, el anhelo de participar de un taller de escritura retorna. Leer, escuchar leer, escribir, compartir impresiones y asociaciones con los otros, además de mejorar algunas pocas destrezas (y, como señala Blousson y Panza, hacer nuevos amigos), me parece un paraíso módico y accesible.

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